
Hoy, de nuevo, me he preguntado por qué es tan difícil olvidar. Han regresado a mi mente imágenes de mis días de bachillerato. Esa sensación de rivalidad entre cada estudiante, todos luchando por obtener un lugar en el cuadro de honor. Recuerdo a cada maestro, todos con sus cualidades y defectos, pero hay una persona en particular que no sale de mi memoria, Roberto Carlos.
Fui de la promoción 2007: “los politécnicos”, así nos solían llamar. Nunca fui de las alumnas que faltaban a clases, pero por motivos de salud no asistí a la primer semana del año lectivo. El Colegio Inmaculada Concepción abrió mis puertas al futuro. Espero no sonar egocéntrica, pero siempre destaqué por mis buenas calificaciones. Eso causó que 21 de 24 alumnos me odiaran, eso sin contar que era hija de la Prof. de lenguaje y literatura. Así que era requisito previo que todos me odiaran.
Para marzo ya era la persona más odiada del 2º año. Los maestro se hacían los desentendidos Mi situación era difícil. Estaba a punto de quebrantarme, pero algo sucedió: la única persona que confió en mí, que fue capaz de darme la fuerza suficiente para seguir. Un hombre de 36 años, alto, trigueño, muy simpático; cómo olvidar a quien me apoyó incondicionalmente: R.C (el profesor de ciencias). Después de algunos meses aún recuerdo sus palabras: “yo confío en ti”, “no dejes que nadie te dañe”, “Vane, tú pedes”. Él logró terminar de forjar mi carácter para que yo no permitiera que nadie me pisoteara.
El recuerdo que con más nitidez viene a mi mente es el día que públicamente dijo “las preguntas de los exámenes las sacaré del cuaderno de la Vane”. Jamás olvidaré lo rico de esa sensación de triunfo y aún más cuando publicó que era la única estudiante exonerada de los finales. La bonita amistad que se había formado con Roberto Carlos provocó que me aplicaran en muchas ocasiones la ley del hielo ¡Ja! Eso nunca me importó.
Al final, él fue un gran impacto en mi vida estudiantil. No tengo palabras para agradecerle todo lo que hizo por mí. Mi amigo, Profesor R.C. a ti te debo todo lo que he logrado. Gracias por existir.
Fui de la promoción 2007: “los politécnicos”, así nos solían llamar. Nunca fui de las alumnas que faltaban a clases, pero por motivos de salud no asistí a la primer semana del año lectivo. El Colegio Inmaculada Concepción abrió mis puertas al futuro. Espero no sonar egocéntrica, pero siempre destaqué por mis buenas calificaciones. Eso causó que 21 de 24 alumnos me odiaran, eso sin contar que era hija de la Prof. de lenguaje y literatura. Así que era requisito previo que todos me odiaran.
Para marzo ya era la persona más odiada del 2º año. Los maestro se hacían los desentendidos Mi situación era difícil. Estaba a punto de quebrantarme, pero algo sucedió: la única persona que confió en mí, que fue capaz de darme la fuerza suficiente para seguir. Un hombre de 36 años, alto, trigueño, muy simpático; cómo olvidar a quien me apoyó incondicionalmente: R.C (el profesor de ciencias). Después de algunos meses aún recuerdo sus palabras: “yo confío en ti”, “no dejes que nadie te dañe”, “Vane, tú pedes”. Él logró terminar de forjar mi carácter para que yo no permitiera que nadie me pisoteara.
El recuerdo que con más nitidez viene a mi mente es el día que públicamente dijo “las preguntas de los exámenes las sacaré del cuaderno de la Vane”. Jamás olvidaré lo rico de esa sensación de triunfo y aún más cuando publicó que era la única estudiante exonerada de los finales. La bonita amistad que se había formado con Roberto Carlos provocó que me aplicaran en muchas ocasiones la ley del hielo ¡Ja! Eso nunca me importó.
Al final, él fue un gran impacto en mi vida estudiantil. No tengo palabras para agradecerle todo lo que hizo por mí. Mi amigo, Profesor R.C. a ti te debo todo lo que he logrado. Gracias por existir.



