
EL MISTERIO DE LA CALLE 13
Lo primero que hizo Luís luego de que su celular se descargara en mitad de una charla con su novia fue observar su reloj sin despegar el pie del acelerador mientras la memoria le ayudaba a recordar dónde había dejado el CD favorito, el cual lo acompañaba en cada viaje largo. Buscó en la guantera, debajo de su asiento, se impacientó y luego, resignado, sometió a sus oídos a la primera radio que sintonizó. Meneó la cabeza, bostezó, en fin, hizo muchas cosas excepto mantenerse despierto los segundos en los cuales el carro se apartó de la ruta y fue a estrellarse contra un viejo árbol al lado del camino.
Logró pisar el freno antes del impacto; eso evitó que Luís quedara hecho pedazos, pero no logró evitar que el auto se destrozara. Todo pasó muy rápido. Luìs, sorprendido, solo se tocó el cuerpo para probar que todo estaba en su lugar. En ese momento sonrió con sus pálidos labios; su corazón no paraba de latir.
Jamas se lamentó tanto por no tener cargado el celular; salió del auto y se sentó cerca de un árbol; no sabia que el golpe era grave. Miró a su alrededor, el silencio del bosque, mezclado con la nada y la luna llena, provocaron el miedo. Pasó horas mirando la ruta, ni la lluvia fue capaz de levantarlo de su terrorífico lugar.
En la temible madrugada observaba su alrededor como queriendo encontrar algo que no sabía bien si existía; se puso, en pie y caminó con pasos largos entre los árboles guiado por una pequeña luz que crecía a medida que el iba avanzando. Llegó hasta una casa de fachada pobre. Sobre el marco de una ventana colgaba una lámpara rodeada por insectos. La puerta estaba entreabierta y caminó hacia ella sin advertir el peligro que podía representar para él, pues era un extraño acercándose a la casa en medio de la madrugada. Se detuvo de un susto al observar un sujeto parado dentro de la casa con un cigarro encendido entre los labios. El tipo, de aspecto diabólico, se acercó a la entrada, despacio, sin salir de su refugio para luego voltear y echar una mirada a sus espaldas. Tranquilamente se apartó de la vista de Luís, sin notar la presencia del desesperado joven, dejando la puerta entreabierta y el humo de su cigarro perdido en el aire.
-¡Hola, hola! –gritaba el joven accidentado. Antes de intentar darle un golpe suave a la puerta, esta se abrió del todo y un hombre le apuntó en medio de los ojos con una ballesta.Nadie le preguntó absolutamente nada, pero Luís empezó a largar palabras, las cuales repitió más de tres veces como la frase “accidente en la carretera, necesito un teléfono”.-¡Un accidente… carretera!
–dijo el hombre con una sonrisa siniestra en los labios, el hombre bajó el arma y pregunto: ¿qué carretera?
Luís no sabía siquiera dónde estaba porque era la primera vez que visitaba el pueblo y solo se guiaba por mapas e indicaciones que le habían dado algunos amigos.
-No…no sé. La ruta… la ruta. Viajaba directo al pueblo de Transilvana cuando choqué. Estoy a uno o dos días para llegar. El hombre dijo sí con la cabeza.
–La ruta trece amigo …es la ruta trece. No era el mismo sujeto que Luís había contemplado con el cigarrillo en boca. Este era un poco mas bajo y más viejo, o por lo menos a simple vista daba esa impresión.
-Mire –exclamó el hombre -teléfono no tengo. Lo mejor que puede hacer es volver a la ruta y esperar a que empiece a cantar el gallo, seguro alguien va a pasar por ahí. Mientras, cuide lo que tenga de valor en el coche, mire que por acá…
-Esta vez Luís asintió con la cabeza y el sujeto bonachón se ofreció a acompañarlo, la ballesta no se fue con ellos pero sí los acompaño la oscuridad. En el camino, aquel hombre tranquilizó al joven buscando el lado positivo de lo sucedido. Los ojos de Luís echaban miradas entre los árboles buscando alguna amenaza y no tardaron en toparse con algo parecido; alguien siguiendo sus pasos, escondiéndose entre los árboles para no ser visto, aunque no lo había conseguido.
-¿Hay alguien más con usted? –preguntó el muchacho dirigiéndose al hombre.
-Vivo con mi hermana –repuso sin despegar la vista del camino.
-Creo que la vi antes de toparme con usted -dijo Luís.
-A mi hermana le fascinan dos cosas, una es andar por ahí dando vueltas en la noche y la otras es recoger las almas. Yo la dejo; antes me molestaba porque robaba las almas que yo me iba a llevar; ahora hemos llegado a luchar por cada uno de los espíritus para ver quién es el que gana; es ella o yo.
La ruta apareció desolada tal y como Luís la había dejado, al igual que el auto destrozado por el impacto El cielo aún estaba muy oscuro y la luna había desaparecido por la lluvia que caía sobre ellos. Al joven le temblaban las piernas mientras que el hombre en su andar relajado inspeccionaba el coche. El joven advirtió nuevamente la presencia de la extraña entre los árboles.
El hombre seguía pegado al auto, sin decir palabra alguna. Luís decidió romper con el silencio.-Me parece que su hermana quiere acompañarnos, dijo.
-El hombre lo miró y luego regresó la vista al vehículo.
-Eso quisiera ella –dijo con un tono de voz sereno.
-No, es en serio –continuó el joven –Anda acá cerca, entre los árboles.
Nuevamente el tipo lo miró, pero esta vez no le sacó los ojos de encima.
-Si ella está acá, usted puede despedirse de la vida amigo.
Luís no comprendió. -¿Qué quiere decir?- Hay dos cosas que le gustan a mi hermana- dijo el hombre- merodear por el bosque y matar. El joven no pudo formar palabra alguna, solo se limitó a temblar y agrandar sus ojos mientras aquel hombre continuaba hablando.
–Sí, amigo, ella vendió su alma al señor de las tinieblas y bue… así son las cosas.
-Todo se oscureció, el hombre aumentó en tamaño y dejó salir sus magníficas alas. Aquel buen hombre avejentado había sido asesinado por su hermana, convirtiéndolo en el ángel de las carreteras. Si Luís hubiese logrado salir con vida de todo eso, nunca hubiese podido borrar de su mente la expresión de odio de aquellos hermanos que pelearon por llevarse su alma. Luís quiso correr, pero el bosque no lo dejó, se convertiría en una alma que vagaría por la eternidad, desde aquel trágico accidente en la carretera 13.