martes, 10 de febrero de 2009

MANTENTE ECUÀNIME


No temas a la oscuridad

ni te desanimes por la lentitud del alba:

los días y las noches

también suelen entregarnos

ramilletes de esperanza

y toneladas de valor.


Por eso no mezcles tus lágrimas

con el llanto de la tormenta.

ni desprecies

la piel desnuda del verano,

ni te asustes con los colmillos helados

del invierno:

apenas son fenómenos naturales

que ayudan a templar nuestro carácter.

Ten siempre presente:

en el invierno enjuga en tu conciencia

el más calido de los veranos,

y el verano refréscate

con tus tormentas interiores.

Muchas cosas están en ti,

como el polen en la rosa,

la miel en el panal,

o la música en el viento.

Sólo es cuestión de buscar,

de encontrar entre tus venas

la saviazul de tus ilusiones.



Por la noche enfrèntate a la oscuridad.

Dale la cara.

Estrèchale la mano.

Considera que cada tramo de penumbra

te aproxima a un manantial resplandeciente,

y que cada rayo de luz

surge como mariposa traviesa

de la crisálida transparente de la niebla.

Aun así manténte ecuánime.

Evita llorar en medio de la oscuridad:

las lágrimas te impedirían ver

la bondadosa sonrisa de las estrellas.



Y por nada del mundo

dejes de amar el firmamento

¡Abrázalo!

¡Mímalo!

¡Acarícialo!

¡Utiliza tu escalera interior

y sube hasta el terciopelo de las nubes!



Allí te darás cuenta

que el cielo

no es más que una copia de tu alma,

y que ves las cosas

como tú crees que son.

Al amanecer no te lamentes

por la lentitud con que sale el sol.

Alégrate de que la naturaleza

te dé la oportunidad

de ser especial en ese instante ,

porque en tanto la sonrisa del astro

ilumina tu piel

tú ya has iluminado con tus ojos

el candente espíritu del sol.



Además,

hay otra razón no menos importante:

a veces el tiempo prolonga su mirada

para bañarse en el manantial de la eternidad.



Quédate con ella.

Aférrate a sus bordes y tómale las ramas.

Fíjate a sus raíces,

y bebe su esencias con la misma sed

que el nómada bebe la esperaza del oasis.

Deja que la porción de tiempo

nazca cuando muera,

y vive tú como ella viviría.



Acepta con humildad la ordalía cotidiana

y supera cada obstáculo

como si fuera el último en tu vida.


Recuerda siempre

-en la resplandeciente intimidad

De tus paradojas humanas-

que sólo los espíritus eternos

tienen derecho a pisar

las mismas huellas de Dios.

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