No temas a la oscuridad
ni te desanimes por la lentitud del alba:
los días y las noches
también suelen entregarnos
ramilletes de esperanza
y toneladas de valor.
Por eso no mezcles tus lágrimas
con el llanto de la tormenta.
ni desprecies
la piel desnuda del verano,
ni te asustes con los colmillos helados
del invierno:
apenas son fenómenos naturales
que ayudan a templar nuestro carácter.
Ten siempre presente:
en el invierno enjuga en tu conciencia
el más calido de los veranos,
y el verano refréscate
con tus tormentas interiores.
Muchas cosas están en ti,
como el polen en la rosa,
la miel en el panal,
o la música en el viento.
Sólo es cuestión de buscar,
de encontrar entre tus venas
la saviazul de tus ilusiones.
Por la noche enfrèntate a la oscuridad.
Dale la cara.
Estrèchale la mano.
Considera que cada tramo de penumbra
te aproxima a un manantial resplandeciente,
y que cada rayo de luz
surge como mariposa traviesa
de la crisálida transparente de la niebla.
Aun así manténte ecuánime.
Evita llorar en medio de la oscuridad:
las lágrimas te impedirían ver
la bondadosa sonrisa de las estrellas.
Y por nada del mundo
dejes de amar el firmamento
¡Abrázalo!
¡Mímalo!
¡Acarícialo!
¡Utiliza tu escalera interior
y sube hasta el terciopelo de las nubes!
Allí te darás cuenta
que el cielo
no es más que una copia de tu alma,
y que ves las cosas
como tú crees que son.
Al amanecer no te lamentes
por la lentitud con que sale el sol.
Alégrate de que la naturaleza
te dé la oportunidad
de ser especial en ese instante ,
porque en tanto la sonrisa del astro
ilumina tu piel
tú ya has iluminado con tus ojos
el candente espíritu del sol.
Además,
hay otra razón no menos importante:
a veces el tiempo prolonga su mirada
para bañarse en el manantial de la eternidad.
Quédate con ella.
Aférrate a sus bordes y tómale las ramas.
Fíjate a sus raíces,
y bebe su esencias con la misma sed
que el nómada bebe la esperaza del oasis.
Deja que la porción de tiempo
nazca cuando muera,
y vive tú como ella viviría.
Acepta con humildad la ordalía cotidiana
y supera cada obstáculo
como si fuera el último en tu vida.
Recuerda siempre
-en la resplandeciente intimidad
De tus paradojas humanas-
que sólo los espíritus eternos
tienen derecho a pisar
las mismas huellas de Dios.

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